¿Existen el amor con la amistad...?

Hay veces que mis lectores me caen gordos, porque me ponen a pensar. Ello me lleva inevitablemente a poner los dedos en acción, y eso me obl...

Hay veces que mis lectores me caen gordos, porque me ponen a pensar. Ello me lleva inevitablemente a poner los dedos en acción, y eso me obliga a ponerme unas desveladas marca diablo que luego a mis 36 años ya no aguanto como antes.

¿Habré amado alguna vez?, me pregunté con ese motivo esta mañana ante un café diluido sin azúcar. Sin duda tuve la intención de amar; pero ¿y la capacidad? No consiste el amor en pedir, sino en ofrecer: se dispone hacia la felicidad de la persona amada, sin exigir un pago de felicidad a cambio. De ahí que el amor sea acaso una vía de conocimiento superior a la de la razón.

No; no sé si he amado de manera perfecta; por mucho tiempo, no. He sido mejor amigo que amante (aunque lo duden). En esta soledad que requiere la escritura de esto surgen los nombres de unos cuantos larguísimos amigos. Aunque también esos nombres que acompañaron algunos trechos de mi cuerpo y mi alma. Sobre todo, los de quienes lograron la inusitada alquimia de transformar su amor en amistad.

En numerosas ocasiones he reflexionado hasta qué punto son próximos esos dos sentimientos, amor y amistad, esos dos modos de aproximarse un corazón a otro. Distintos y contiguos a un tiempo, como las estaciones de un mismo año, más aún, como la cara y el revés de una hoja verde... Prefiero compararlos con los jugosos lados de una hoja antes que con el frío metal de una moneda. La moneda parece que nos da ya distribuidas las identificaciones. ¿Habrá de ser siempre el amor la cruz? ¿Siempre será la amistad la cara? ¿No es esta oscilación de los valores un subrayado de su disponibilidad? ¿Cuánto vale el dinero, cuánto la amistad, cuánto el amor? ¿Se trata de tres conceptos relativos? ¿Deberán medirse con lo que con ellos podrá ser adquirido? ¿Existe, hasta en la más pura amistad, una ley de contraprestación? ¿La palabra interés, que los tres conceptos suscitan, no los reviste de un cierto tono de intercambio?

El amor nunca aspira a ser agradecido ni compadecido, sino correspondido con amor. Otorgar amistad a quien brinda su amor es como darle pan a quien tiene sed. Por desgracia, no hay ninguna sociedad de seguros que avale su permanencia: quizá porque aquello a lo que los amantes aspiran es a un fondo de compensación. Claro que tampoco hay quien garantice la amistad; pero en ella no es imprescindible: sus préstamos son a fondo perdido. De ahí que las decepciones de amistad produzcan un dolor más hondo y persistente que las amorosas. Dolor del viudo se llama a uno fuerte y a la vez pasajero.

No han faltado quienes me han dicho (y propuesto) que el amor perfecto sería el que consistiera en una amistad con momentos eróticos. Una situación equilibrada en que el amigo consuela de la pena que provocó como amante. ¿Es posible tal doble sentimiento? quizá sí a la larga, cuando desaparecen los intranquilos vaivenes iniciales. La amistad es un amor imperfecto por falta de erotismo. El amor, una amistad imperfecta por falta de la firme y serena lealtad; de la mayor tolerancia generosa, no arrebatada en la exclusiva; de la duración indiferente a los estragos, porque la amistad, aunque dormite a rachas, se eterniza; de la posibilidad de ser nosotros mismos, sin rigideces ni embellecimientos, sin la aspiración de parecer mejores a los ojos amados, sin las enmascaradoras brumas del deseo que transforman en oro cuanto tocan.

¿Nunca podrán fundirse en uno esos dos siameses? Recuerdo que una mujer a la que me unían afinidades electivas, después de una cena, con un aire muy formal, tras una pausa importante, me comunicó: «Creo que deberíamos hacernos íntimos amigos». La miré con asombro. Porque la amistad es la auténtica fraternidad, la elegida. O la que ni siquiera es susceptible de elegirse, lo mismo que el amor (por cierto, yo después de esa cena, procuré no volverla a ver nunca más).

Montesquieu, más conocido por otras cosas, exclamaba: «Estoy enamorado de la amistad». Se trata, cierto, de un sentir que enamora aún más que el amor. Porque el amor es un milagro, y el milagro no tiene día siguiente, ni tampoco razones. No pertenece, contra lo que se cree, a la fisiología (ese es el sexo) sino a la poética. Por ser milagroso se le asocia siempre con las divinidades. ¿O no es prodigio el haber construido la más hermosa y compleja de las arquitecturas sobre un sencillo instinto? ¿No es prodigio que el amor ciego sea el que más ve, mientras el amante ve las cosas precisamente como no son, o como los demás creen que no son?

La amistad, sin embargo, de las dos hermanas evangélicas, es Marta, no María. La que se apea de los éxtasis para alistar la cena; la que propone levantar tiendas habitables en el deslumbrante monte Tabor; la que aspira a no dormirse, para acompañar al amigo, en su Getsemaní. El lazarillo que sostiene al derrumbado ciego en el camino de Damasco del amor; el que comparte y reparte, multiplicándose en la misma medida en que se da: como los panes y los peces, como las vasijas llenas usque ad summum del agua y el vino de Caná.

Ojalá fuese alcanzable el milagro de fundir la amistad con el amor, o viceversa, sin que sus respectivas esencias se turbaran.

Pero por las dudas, yo me sigo manteniendo detrás de esta pantalla...
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