Para Michelle

Hay veces que la vida nos lleva a rincones inexplorados. Uno da pasos que considera seguros por la vida -a veces no tanto-, o por lo menos q...

Hay veces que la vida nos lleva a rincones inexplorados. Uno da pasos que considera seguros por la vida -a veces no tanto-, o por lo menos que consideramos nos llevarán por los derroteros de siempre: fracaso, éxito; satisfacción, frustración; admiración, desaprobación...

Pero nunca nos prepara para la crudeza de la vida, sobre todo cuando ésta es completamente absurda.

El martes pasado, al ver el post de mi colega Luis Vázquez en el blog, primero me extrañó lo lacónico de su reseña de resultados del partido del equipo de basquetbol local. Pero nada me había preparado para lo que venía al final de la nota: "Claudia Michelle López Gutiérrez, Q.E.P.D.", y junto a esta nota la fotografía de una sonriente pequeña de unos cinco o seis años de edad.

Quedé petrificado.

Mis sistemas lógicos primero pensaron que era una broma de mal gusto, pero sólo fue por un par de segundos. Nadie juega con eso -que yo sepa-.

La imagen de esta pequeña, Michelle, me abrumó durante todo el tiempo que pasó antes de coincidir con Luis, a quien pregunté detalles del caso.

No debí preguntar.

Yo esperaba que me dijera que había sido algo dramático, o algo espeluznante. Quizá algo que "compensara" el tamaño de la indudable tragedia que pesa sobre la familia de esta linda pequeña. Pero no.

El sábado anterior, Michelle estaba viendo televisión. Quiza el volumen estaba bajo, quizá se aburrió de lo que estaba viendo, el caso es que se acercó para manipular el aparato. El mueble sobre el que la televisión se encontraba, decidió que era el momento de ceder bajo el peso que sostenía. El electrodoméstico entonces decidió que el mejor lugar para caer era precisamente encima de Michelle.

El objeto de su diversión de pronto se volvió en absurdo verdugo.

El lunes, Michelle ya estaba en la capilla ardiente.

Después de los inevitables comentarios que usualmente se espetan después de conocer este tipo de cosas, intenté por todos sacudirme la imagen de Michelle. Traté de no pensar en el horrible trance en el que ahora sus padres se deben encontrar. Traté de no imaginarme el vacío que ahora tienen sus hermanos en su casa y en el corazón. Me devané el cerebro tratando de encontrarle lógica a esta muerte estúpida y sin sentido. Incluso cuando fuí por mis hijos a sus escuelas, traté de no ver en ellos la mirada de Michelle.

Inútil.

No sé si sea que la edad me hace ver las cosas de distinta manera, o si sea la paternidad que más mal que bien ejerzo. El caso es que mientras escribo esto se me empañan los visores. La muerte de Michelle -no entiendo porqué- me ha dolido profundamente. Nunca la conocí, nunca supe de su existencia hasta su muerte, ni siquiera escuché alguna vez su voz, pero su pequeño fantasma me sigue cada vez que mis hijos me llaman a gritos y me piden que juegue con ellos, y que los cargue, y que los bese, y que los lleve a la tienda, y que les haga cosquillas y que los arrope antes de dormir.

En nuestra época, la muerte no significa nada. No hay valores en ella ni tiene ningún significado que la pueda trascender. Es siempre el fin inevitable de un proceso natural. En un mundo de hechos, la muerte es sólo un hecho más.

Pero cuando esto sucede a un niño, es entonces que ese hecho pone en tela de juicio todas nuestras concepciones y a veces el sentido mismo de la vida. De todas las muertes absurdas, las más arbitrarias y disparatadas son las que le ocurren a los niños. Nuestra vida ha sido construida para que todo en ella quepa, menos la muerte. Todos los sistemas que aceptamos omiten de su discurso la muerte: los discursos de los políticos, los anuncios de los comerciantes, la moral pública, las costumbres, las alegrías baratas y los pregoneros de la salud. Y cuando la muerte se aparece con esa crudeza casi irracional, es entonces que uno se pregunta si la vida que uno vive de verdad es vida.

No quiero ni pensar cómo estarán ahora los atribulados padres. No quiero imaginarme cómo estarán enfrentando el trance del "si yo hubiera..." Pero sé que la vida de Michelle fue vida. Basta ver esa encantadora foto que Luis le tomó antes de la tragedia. Sus grandes ojos chispean con un travieso buen humor, su pelo cae con un bien cuidado desparpajo, sus mejillas claman a los cuatro vientos el amor y cuidados que recibó en sus poquitos años en este planeta, sus delgados labios apenas esbozan una sorisa, que parece estar a punto de estallar en carcajadas cómplices de la diablura que seguramente estaba maquinando ya. Su vestido morado deja ver que siempre fue la niña mimada, la niña que siempre podía contar con los brazos de mamá y la presencia de papá para huir de las consecuencias de sus travesuras. Y sus manos dicen, sin embargo, que siempre fue la dulce chiquilla que se ganó a pulso el cariño que siempre recibió sin cortapisas.

Quiero pensar entonces que Michelle tuvo una vida linda. Que mientras estuvo con su familia disfrutó del amor que un niño debe tener. Si la muerte la sorpendió y le jugó una muy mala broma, aún así quedará en la memoria de quienes la hayan conocido que vivió la vida de la manera que debe vivirla una niña así, con la sonrisa a flor de piel.

Yo no conocí a la pequeña Michelle, pero ya me ha dado una gran oportunidad. Justo después de escribir esto, apagaré mi computadora y convocaré a mis hijos para iniciar una guerra de cosquillas, para después preparar juntos la comida. Luego, por la noche, los arroparé en sus cobijas y les daré las buenas noches. Si entonces veo en sus miradas el brillo de los ojos de Michelle, entonces, y sólo entonces, lo absurdo de la vida dará paso a lo que realmente cuenta: que la vida, aunque se nos vaya, sólo es vida cuando nuestros hijos la disfrutan. Lo demás, incluso la muerte, no importa.
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