No daré detalles, pero yo soy uno de esos monstruos a los que no les gusta ninguna celebración. Detesto el día de la madre, el día del padre, el día del amor y la amistad, la pascua, la navidad, las celebraciones patrias, las fiestas de pueblo, las fiestas de cumpleaños, las finales de futbol... todas me parecen pretextos enfermizos para hacer relevantes nuestras viditas microscópicas. No me gusta perder el tiempo, y esas celebraciones me hacen perderlo.

Ayer les había advertido a mis hijos y a mi esposa que no quería yo ningún regalito. Nada de cantos, nada de pasteles, nada de abrazos... Nada...

Pero hoy en la mañana (a las siete de la mañana de domingo, joder!), un cuarteto de vocecitas infantiles me despertaron cantando -con atronadora voz de cornetas desafinadas- las previamente prohibidas mañanitas.

No pude ni siquiera reclamar... Mi mueca de enojo se empezó a convertir en sonrisa de oreja a oreja, y luego se alargó hasta el planeta entero, y después llegó al tamaño de la vía láctea y zonas aledañas. Instantáneamente todo cambió. Yo, que no creo en los milagros, presenciaba uno al ver a mis cuatro pequeños cantar las mañanitas a los pies de mi cama. Ya no me importaron los pensamientos amargos que he tenido últimamente, ni las idioteces que hace nuestro gobernadorcito, ni las babosadas que dicen los precandidatos, ni las broncas económicas... De pronto me quedó claro: el milagro de tener hijos se da cuando ellos nos regalan estos momentos de felicidad absoluta.

Y aquí estoy, feliz como lombriz, escribiendo esto previo a llevarlos a la tienda de la esquina a comprarme un pastelito... Y no me voy... me llevan!!
Axact

Axact

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