Mi esposa me retó, y estúpidamente acepté escribir ‘algo’ sobre mi cumpleaños número 36.

Si. Cumplí treintayséis años... Laralá, laralí... Estoy en la flor de una temprana senilidad y ya empiezo a escuchar los pasos de Godot. No sé cómo pasó. Apenas el año pasado había cumplido yo 30 años y de pronto ya veo 36 en mi bitácora.

No es para tanto. En realidad, no pasa nada. Ni se dobla uno ni se sumerge demasiado. Los séises son devastadores, pero consuela que los sietes, los ochos y los nueves estén moderadamente lejos. Quienes cumplieron treintayséis años fueron mi peroné, mi hígado, mi alveolo, que no yo. Podría decir que ahora soy menos sustancia activa y más vehículo c.b.p. Me siento, eso sí, más cauto. "Todo lo que escribiste sobre el día del padre demuestra cuánto has envejecido", me dijo mi amigo Salvador.

Quizá.

Enfadarse con los jóvenes es asunto de higiene. Lo recomiendo mucho: está probado que favorece la circulación. Por cierto, ¿por qué, de un tiempo acá, me siento tan a gusto leyendo las etiquetas de las medicinas?

Consumo tanto Naproxeno que deberían becarme. La prueba de que funciona es que ya se me olvida tomarme cada que me duele el pie mi Naproxeno. La niña de la tienda de la esquina me sigue diciendo "joven", a pesar de sus monstruosos lentes de fondo de botella. ¿Por qué, algunas noches, me duele la espalda? Esa bolita en la espalda me parece que tiene la misma forma de la cara de Manuel Muñoz Rocha, y me preocupa... pero no tanto como si tuviera la forma de la cara de Luis Armando Reynoso.

He llegado a la edad en que más he de ser lo que ya soy, en la que más habré de atarearme en asumir mis virtudes como defectos. Sí; algo acecha, un algo indescriptible merodea. Calculo haber vivido un poco más de diez mil tardes. Recordaría con nitidez acaso diez tardes de alegría intacta o densa pesadumbre. Un puñado de soles frágiles entre la neblina de unas tardes que, a fuerza de no importar, fueron las importantes.

En fin, me lo sé todo, y si no lo sabía hubo quien me lo recordó: que la aproximación a la mediana edad se llama así porque se nota en la medianía del cuerpo; que es cuando suena el teléfono la noche del sábado y quieres que esté equivocado; que antes querías ser fiel y no lo eras mientras que ahora quieres serlo y no puedes (eso es de Wilde, je, je...); que es cuando las velas cuestan más que el pastel; que antes te metías un ácido y ahora sólo te metes antiácidos...

Decía Groucho que envejecer no tiene mérito, que es cosa sólo de vivir lo suficiente. Sea como sea, feliz cumpleaños a mí. Soplo las velas de mi íntimo pastel. Me abrazo y me felicito por cumplir estos añitos conmigo mismo. Sin vanagloria ni humildad excesivas, creo que me he ganado el derecho de decir con Borges: "He persistido en la aproximación de la dicha y en la intimidad de la pena".
Axact

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