Mi familia es de contrastes... quizá como en todas las familias. Y si a eso le agregamos que yo soy un necio sin remedio, entonces podemos decir que en mi casa vive de manera permanente el semillero del conflicto existencial-neoliberal-marxista.

Esta especie de queja comienza con que mi hija Helena (de 11 años) me condenó esta mañana a ver un bodrio hollywoodenses dedicado a temas mexicanos. Tiene, como siempre, el ingrediente equívoco y turbio de la buena fe y la ignorancia. Paseo por las nubes fue la dichos porquería que tuve que ver. Se trata de una familia de mexicanos de California que tiene bonitas tradiciones ancestrales que incluyen gritar ay ay ay porque vuela la mosca, soplar un caracol azteca antes del desayuno y tener una réplica de Anthony Queen sentada en una mecedora. Se supone que esta película les explica a los gringos lo buenos que somos los mexicanos, y a los mexicanos nos explica lo bueno que somos los mexicanos, sobre todo si vivimos en California.

Como quiera que sea, mi hija estaba pasmada, fascinada y absorta en esa película, cuestión que me pareció entendible dada su corta edad y su inexperiencia para lidiar con los traumas chauvinistas que tiene su padre. Pero el problema surgió a la hora de los créditos, cuando mi hija me dijo "¿que te pareció la película, papá?"... Yo, en vez de abordar el manual de Carreño, o de perdido la filosofía Montessoriana, me dediqué a darle una pequeña cátedra sobre las inconsistencias aparecidas en la película de marras. Cuando ya iba por la quinceava, mi hija, enfurecida, me soltó un furioso ¡que mamón eres!, y salió del cuarto de la tele.

Como sea, reitero aquí, frente a mis dos lectores, que Paseo por las nubes es un buen mal ejemplo. La película es tan tonta que ofende por parejo a chicanos, gringos y armenios, pero es una buena muestra de lo que es capaz un ignorante con una cámara y mucha lana: un populoso catálogo de identidad filmable: intensa vida familiar, catolicismo rampante, sujeción a las jerarquías, conservadurismo, machismo práctico, patriarcado autoritario y mal gusto a la hora de pintar paredes. Es decir: todo lo que no soportaríamos en México, pero que frente al American way of life resulta de pronto reivindicable.

Pero para gravar más mi estadía en el planeta, la madre de mi hija (que para estos efectos es mi esposa) ya le prometió a la mocosa que le va a rentar la peliculita mamila esa de Alfonso Arau sobre la dizque vida de Emiliano Zapata y la de la monona actriz Salma Hayek en la que impersona a Frida Kahlo... joder...

No me va a quedar más remedio que salirme a la calle a buscar algo mejor que hacer mientras ambas consumidoras de bodrios se deleitan con esa malformada narrativa mexicana empeñada en hurgar febrilmente su identidad frente a la mirada foránea, dotada de filmes con saborizante y colorante artificiales y nulo valor nutritivo.

He dicho!
Axact

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