Envejecer... ah, tremenda palabra, terrible vocablo, maldición contemporánea, tragedia universal... Un buen día (de bueno no tiene ni madres, pero nomás por seguir los usos y costumbres del español) desperté, me miré al espejo, escudriñé la piel que está alrrededor de mis ojos, me toqué esas leves flacideces que comienzan a convertirse en papada y a parecerse menos al cuello, y una noción se abrió paso lenta, pero firmemente, en mis mañaneros pensamientos: estoy dando el viejazo.

Errabundos y tenebrosos pensamientos acudieron a mi como vendedores de paletas en escuela primaria: hacer un poco de ejercicio; visitar a mi primo el doctor; buscar en E-bay un bonito bisoñé... y al último preferí mejor no pensar en nada, pues el que no se consuela es porque no quiere.

Bien visto (y eso si se ve desde todos los ángulos posibles) la vejez comienza desde el momento mismo del nacimiento. Las gemelas envejecen a razón de 24 horas por día (oh, sabio descubrimiento). Y lo que en realidad sucede es que la vejez camina con pasos menudos en un principio, de manera tan pausada y tan calmada que no nos damos cuenta de cómo se empieza a depositar en las articulaciones, en el cuerpo y en el alma. Y así, sin avisar, se nos manifiesta una mañana de agosto y nos hace decir: "ya no soy el de antes".

Uno se da cuenta del 'viejazo' de múltiples maneras, que no siempre son bienvenidas. Cuando se cae algo al suelo, uno ya no se inclina rápidamente a levantarlo, sino que muy despacito dobla uno las rodillas y toma con cuidado dicho objeto. O mejor aún, se le 'pide' a alguno de los niños que levante el objeto en cuestión, obteniendo un 'hay papá, que flojo eres' como parte del premio.

Uno se da cuenta del `viejazo' cuando no le es posible jugar 10 segundos seguidos al basquetbol del fin de semana, al tiempo que se tiende al suelo mientras escucha 'uh, tío Toño... ya está viejito...'

Uno se da cuenta del 'viejazo' cuando ante el paso garboso de la guapísima mujer que atraviesa la calle uno ya no se detiene ni siquiera a verla, sino más bien en pensar en el cafecito que se le preparará en el Excélsior en la dirección opuesta.

Uno se da cuenta del 'viejazo' cuando los hijos comienzan a preguntar qué o cómo le hacíamos 'cuando éramos jóvenes', y se comprueba que los relatos tienen ese sabor agridulce de saber que esas cosas que hicimos ya no las volveremos a hacer, y que a estas alturas del partido uno ya no hace nada y, peor todavía, lo que quedó pendiente de hacer ya no podrá ser hecho.

Uno se da cuenta del 'viejazo' cuando al llegar al café Excélsior nuestra amiga que atiende la barra pregunta: '¿se va a tomar su expresso de siempre?'.

Uno se da cuenta del 'viejazo' cuando para hacer plática con los presentes uno habla sobre Pink Floyd, los Rolling Stones, Bob Dylan, Steve Vai o la Revolución de Emiliano Zapata, y éstos fruncen el ceño como si trataran de acordarse de la fundación de Egipto.

Y sí... aquí me tienen, mis amables cinco lectores, en pleno domingo y tratando de olvidarme de dónde está el espejo, desconociéndome y reconociéndome.

Como sea, en este momento que le doy el teclazo final a esto que escribo, soy inmortal.
Axact

Axact

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