Hoy, 15 de agosto, por fin he sido liberado del yugo vacacional. La banda gangrena parte por fin a sus benditas instituciones (pseudo)educativas y mi esposa y yo vemos un futuro más promisorio en cada amanecer.

Sin embargo, en esta casa que no es de ustedes, sino de mi cónyuge (tampoco es mía) existe un desasosiego indescriptible. Pesa en el ambiente una resignación mezclada con encabritamiento que hicieron el fin de semana un jirón de angustias y atisbos de felicidad.

Y es que el señor don Emiliano Zapata se tendrá que incorporar a las huestes diabólicas de mocosos chichimecas que buscarán en las aulas un cauce para el espíritu y un destino para sus vagas aspiraciones.

Por lo pronto, don Emiliano ya tiene todo lo necesario para conquistar el monte everest tres veces seguidas: mochila, lonchera, uniforme, libros, cuadernos, lápices, plumas, celular, pico, pala, un manual de Carreño y un GPS, por si se pierde en el baño. Por momentos, al mocoso lo veo bestialmente tranquilo, como si su futuro inmediato lo tuviese sin cuidado, pero conozco a los vándalos estos, y de pronto puedo adivinar en su mirada un sobresalto, y unos enormes deseos de meterse mejor a algo que no le exija tanto esfuerzo, quizá pensando en inscribirse al PAN para incorporarse a la parvada de huevones que antes buscaban no hacer nada en el PRI. Sin embargo, el estoicismo puede más que el nervio, y el chimuelo de marras ya tiene listo su ajuar estudiantil.

Pero he de decir que es su señora madre la que se encuentra más desencajada. Ella sí que gime, pero con auténtico estoicismo espartano. Ni siquiera el infinito consuelo de que ahora sí va a poder invitar a su maridito el consabido desayuno en Las Antorchas la puede ayudar a sobreponerse del duelo. El "bebé"... el varoncito se le va. Rompe amarras y supongo que sólo las que son madres pueden saber lo que significa este 'segundo parto'.

Como yo soy muy sesudo (y además tengo una pésima percepción de mi sesudez), intuyo que este dolor materno se debe a que no sólo Emiliano tendrá que conocer a otros niños, ¡sino además a otras mujeres!.

Como sea, yo no siento que sea trágico el asunto. No puede haber escuela tan mala que los eche a perder del todo. Además, tengo la ventaja de que ya he sufrido la separación infantil a manos de Helena, por lo que creo que superaré el trance de la mejor manera, y con suficiente ánimo para irme corriendo al café Excélsior después de la entrega del mocoso en su nueva escuela. Seguro que con un buen café y una buena pipa podré superar más pronto que de inmediato la separación de don Emiliano del seno familiar.

Pero yo me pregunto... después de dejar a las locas gemelas, a Helena y a Emiliano en sus respectivos centros escoleras... ¿que voy a hacer yo conmigo mismo...?
Axact

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