Primero, como antecedente inevitable, debo presumir que desde hace cinco años soy un empedernido fumador de pipa, ¡y qué!...

Cotidianamente acudo a la tienda de tabaco que está en el edificio Torre Plaza. Como sea, y con el precio que sea, el tabaco que allí se puede conseguir es más fresco y confiable que el que se almacena en Sanborns. Desde hace unas semanas, me he encontrado que en los elegantes envases de Dunhill y Captain Black, aparecen tremendos y fatalistas mensajes que dicen "Fumar mata", y "Los fumadores mueren prematuramente". En el paquetito de tabaco mexicano que dizque tiene escencia de vainilla, pero que huele a pollo dice: este producto fastidia sus coronarias, jode sus erecciones, pervierte su buche y magulla su cerebro. Y así sucesivamente.

Mi esposa también se ha percatado, y se aprovecha de mi nobleza para picarme las costillas con sus comentarios sarcásticos. De acuerdo, más allá de que vivir también mata, y de que pocos consideran que se mueren a tiempo, dejemos de fumar. Y comencemos a mentir.

Pero no... me niego... me vale... me mata, pero me vale... me vale, pero me mata... Esto produce un injusto desequilibrio entre los buenos propósitos de la higiene y el palpable deterioro de los propósitos morales. Más allá de un orgullo justificado y de una indiscutible mejoría física, dejar de fumar es horrible. Hoy, que me estoy tronando una deliciosa pipa, lo que más me molesta —más incluso que la acusación de mentiroso que me hacen los que conocen mi vicio— es pensar en la cantidad de deliciosas cargas de pipa que me pude haber fumado durante estos últimos días abominables. Eso sí: creo que más allá del mandoble de la nicotina, del satisfactor oral y del gusto del aroma, fumar en realidad es horrible.

No hace poco, y para reforzar mi vacilante intención de no fumar, mi esposa me había entregado un escritito de no-se-quien-fregados que dice que a los animales no les gusta el humo del tabaco, y que un elefante odia para siempre a quien le hace aspirar su aroma. Para el autor del escritito que sólo a los humanos les guste fumar califica como argumento supremo. La verdad es que tras la lectura de esta mamarrachada, fue que decidí mandar al carajo mi trastabillante abstinencia. Un ansioso trago de humo me produce desde entonces el placer inenarrable de saber que, en definitiva, no soy un venado cola blanca. Al escritito de marras lo acompaña una foto que muestra a una sanguijuela aferrada al brazo de un fumador. En el momento en el que comienza a fumar, la sanguijuela se muere. ¿Cómo sabe el mequetrefe ese que esa sanguijuela no padecía una enfermedad incurable que, por pura chiripa, culminó durante el experimento? Los argumentos puristas que garantizan salud perpetua son más mentirosos que un fumador redimido. No fumar, no comer comida enlatada y correr cinco kilómetros diarios sólo conduce a morir (prematuramente) en perfecto estado de salud.

Por mi parte, prefiero ser nocivo para las sanguijuelas —porque no fuman— a ser su víctima, porque yo sí fumo. Las imágenes que muestran el estado desastroso de unos pulmones ennegrecidos no me hacen nada; si estuvieran rozagantes y sonrosados se verían igual de asquerosos.

Mi esposa luego me dijo que por culpa de este delicioso vicio ya no podría correr ni cinco kilómetros, cuando en la actualidad no quiero caminar ni quinientos metros. No tengo motivo alguno para correr. Es mejor caminar el medio kilómetro fumando con algún amigo que correrlo solo y sólo para llegar a un sitio en el que no hay tabaco.

Escribir sin fumar es espantoso. Alguna vez leí un manual que recomendaba sorber agua de un vaso, después sacarle punta a un lápiz y luego mirar por la ventana a los pájaros carpinteros. Si alguna vez lo hice, supongo que había escrito una línea y estaba sorbiendo mi lápiz, sacándole punta a un pájaro carpintero y mirando un vaso de agua.

Por lo pronto confieso que me siento mejor con la culpa de fumar que con la beatitud de no hacerlo.

Y ahora sólo me resta reencender la primer última pipa de mi vida de esta mañana. Salud!
Axact

Axact

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