El señor González arrancó con desparpajo y determinación un trozo de bolillo y sin pudor lo hundió en su café con leche. A nuestro alrrededor, miles de campesinos engullían el mismo menú con desesperación, pues la comida que se servía en el estacionamiento del PRI nacional nomás no llegaba.

- Mire-, dijo con la boca llena y salpicando el ya de por sí sucio mantel- el asunto es que por más que andamos de un lado a otro, llendo y viniendo para acá y para allá, nadie nos hace caso. Yo ya tengo años viniendo a esta madre (el Congreso Nacional Ordinario de la Confederación Nacional Campesina), la cosa sigue igual. Nadie nos ayuda, nadie sabe de nosotros.

- Oiga, entonces ¿que sentido tiene entonces que siga viniendo si sabe de antemano que no le hacen caso?, -pregunté.

El señor González volvió a sopear otro inmenso trozo de bolillo en su minúsculo café, derramando la mitad del líquido. Masticó con dificultad la masa harinosa y húmeda hasta poderla tragar, y entonces contestó:

- Pos porque así puedo comer lo que no como en mi rancho...

Me quedé de una pieza. Tomé un pedazo de bolillo de la canasta de plástico que estaba frente a mí, lo hundí en el café y dejé de hacerle preguntas al señor González.

Ya no lo volví a ver.
Axact

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