Antes de abordar este pequeño post, debo aclarar que independientemente de mi férreo ateísmo y proclamada desconfianza con todas las religiones, creo que la Biblia es uno de los documentos más importantes en la historia de la humanidad. Es un libro cuyo contenido ha generado cambios profundos en el occidente y sin duda ha sido el fiel de la balanza para muchos de los que han regido el destino de millones de personas.

La interminable discusión en torno a la legalización de los matrimonios entre personas del mismo sexo en el Distrito Federal, y la subsecuente capacidad de adopción por parte de ellos, se antoja a todas luces simplemente bizantina. Nadie en su juicio esperaba que la Iglesia Católica no tomara parte en la discusión, a sabiendas de que la condena a la homosexualidad proviene precisamente de la Biblia. Es como pedirle a un partido político que abjure de sus documentos básicos.

Por otro lado, algunas posiciones de pretendidos tolerantes también han decantado tontamente en la intolerancia hacia la propia Iglesia Católica y sus administradores. Han corrido ríos de tinta sobre el tema y aún no se puede definir un puerto seguro para ese barquito que hace agua. Claro es que ambas posturas se han ido al extremo.

Uno de esos extremos fue la postura del cardenal Roberto Rivera, quien en la homilía del pasado domingo en la catedral metropolitana aseveró que la Ley de Dios está por encima de las leyes creadas por el hombre. Insisto, no podríamos esperar otra postura, sin embargo esto también nos revela que pocos, realmente pocos han leído la Biblia de cabo a rabo.

Un reportero tiene la obligación de leer la Biblia con ojo clínico, y esto simple y sencillamente para contar con la capacidad de interpretar correctamente las aparentes posturas extremas de la Iglesia Católica. Con esto también es necesario dejar claro que la enorme mayoría de medios y periodistas han perdido el rumbo y se han dedicado a elaborar interpretaciones absurdas.

No es esto una apología de la Biblia, en lo más mínimo. Este documento básico tiene elementos que simplemente no pueden ser ya parte de la estructura social moderna, y que en pleno siglo XX un jerarca ponga sus contenidos por encima de la ley tiene connotaciones que no pueden ser soslayadas, pues anuncia que la intentona por el regreso a costumbres francamente retrógradas está no sólo presente, sino que está fortalecida por grupos en el poder.

No hablo a ciegas, y la misma Biblia es el referente perfecto. Insisto: un periodista que se atreva a autodenominarse como tal debe hacar análisis de todo y de todos. Aquí hay algunas razones para no considerar este documento como herramienta legal:

Éxodo 21, capítulo 2, versículos del 2 al 11. La esclavitud no sólo está permitida, sino que se consiente que un hombre pueda vender como tales a sus hijas, y éstas no pueden alcanzar la libertad.

Éxodo 21, capítulo 2, versículos del 15 al 17. Maldecir o golpear a los padres se castiga con la muerte.

Éxodo 21, capítulo 2, versículos 20 y 21. No se permite matar a los esclavos, pero sí golpearlos porque simplemente son propiedad de quien los compró.


Éxodo 35:2. Trabajar los domingos se castiga con la muerte


Corintios 11. Que los hombres tengan el pelo largo es una afrenta a Dios. Aunque hay que aclarar que la iconografía occidental de Cristo no corresponde en nada con la fisonomía de los habitantes de Israel en aquellos tiempos.

Corintios 14 versículos 34 y 35. Las mujeres no tienen permitido hablar en las asambleas religiosas. Si tienen dudas, deben preguntar a sus maridos.


Cierto es que hay más inconsistencias entre los tiempos actuales y las disposiciones de la Biblia, pero por lo pronto éstas son las que recuerdo. Y por lo menos para mí es claro que abogar por la superioridad de un documento por encima de todas las leyes no es sólo en extremo anquilosado, sino hasta peligroso.

Finalmente, la mayor responsabilidad es de los comunicadores, que debemos tener muy claras las razones de los bandos en disputa para, inmediatamente después, realizar interpretaciones sobre las mismas basándonos en los hechos. Y la última responsabilidad es advertir a los lectores, a los televidentes y a los radioescuchas que la nuestra es sólo una interpretación, y que deben buscar más posiciones y explicaciones sobre lo que desean conocer.


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