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El podcast de @elreportero | Monogamia

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Si es tan difícil para los humanos ser monógamos, ¿por qué es la meta principal de nuestras vidas?


A todos en el planeta, en todas las culturas, en todos los países, desde el momento en que nacemos nos repiten una, y otra, otra vez el mismo cuento de hadas. Encontrar el verdadero amor es la clave para una vida plena y feliz.

Ahhhh… el famoso ‘y vivieron felices para siempre’...

Pero la realidad -esa que tantos planes le echa a perder a López Obrador- siempre fastidia los cuentos de hadas, porque a la hora de volvernos adultos nos enfrentamos -y muchas veces fracasamos- al enorme reto de reconciliar el cuento de la monogamia con un hecho: los humanos somos pésimos para ser monógamos.

Sólo en 2017 se registraron en México 526 mil ocho matrimonios, pero más de 147 mil 581 divorcios. !Más del 29 por ciento se dijeron adiós!

Además, los casamientos disminuyen, y los divorcios aumentan.




Buscar pareja... encontrarla a duras penas... fracasar en la relación... y volver a empezar… Pareciera que el asunto del amor en nuestras existencias sólo provoca dolor y penas.

Por eso es que hoy nos estamos preguntando: si es tan difícil para los humanos ser monógamos, ¿por qué es la meta principal de nuestras vidas?

Si le preguntas a las parejas por qué eligen la monogamia, escucharás la misma respuesta: porque se enamoraron. Pero la monogamia y el amor no son lo mismo. Nuestra educación nos ha programado para estar obsesionados con la idea de que la monogamia significa amor y viceversa, y que en contraparte la ausencia de monogamia no es amor.

Este podcast está hecho para hablar de hechos, no de ideas, así que es nuestra obligación ciudadana, responsable y bien informada decirte -SPOILER ALERT- que el amor es un sentimiento, y que la monogamia es una regla.

En caso de que te guste hacerte pato, también tenemos que recordarte que la regla de la monogamia exige que solo tengas sexo con una persona, y que casi todos vivimos en una cultura en la que se espera que, en algún momento, esa regla se vuelva un contrato legal llamado matrimonio.

En muchos países, romper esa regla es casi un crimen.

En México desde el 23 de marzo de 2011 el adulterio ya no es un delito que se persiga con cárcel para quienes sean sorprendidos en plena maroma, mientras que en Estados Unidos el adulterio es ilegal aún en 20 estados, aunque rara vez se aplica la ley. Los castigos van desde una multa de 10 dólares hasta tres años de prisión.

Pero, como suele suceder, la ley no está del lado de los usos y costumbres, así que en el plano social, si llevas 50 años en una relación monógama, y eres infiel una sola vez, la mayor parte de las personas dirá que toda esa relación fue una mentira y un fracaso.

Ante la clara evidencia de que los humanos no podemos evitar los impulsos ambivalentes, y que si bien nos es agradable tener a alguien en quien confiar, también padecemos la tentación de la novedad. Si somos como somos, entonces ¿por qué nos hemos inventado una regla tan difícil de seguir, y cuando la rompemos es tratada como una enorme traición?

Por más de un siglo, existe una explicación culturalmente aceptada y es la narrativa tradicional que todos conocemos: Que los hombres quieren libertad sexual y esparcir su semilla por el mundo y las mujeres quieren exclusividad y eligen a un proveedor porque son vulnerables y hay que cuidar de los hijos. Por esta razón, nunca han faltado quienes dicen que las mujeres canjean la fidelidad sexual a cambio de bienes y servicios.

Tampoco han faltado biólogos que explican esta narrativa afirmando que los hombres están más inclinados a tener varias parejas sexuales, y que la razón de eso es que los espermatozoides se producen todo el tiempo, mientras que en el caso de las mujeres se produce sólo un óvulo al mes.

Entonces, de acuerdo a esta explicación, hay una buena recompensa, no ética, pero sí comprensible y evolutiva, en que los hombres siempre estén cachondos.

Perooooo... hay un problema con esa explicación: pinta a hombres posesivos y promiscuos, y mujeres recatadas. Y es una explicación que no se sustenta porque en muchos lugares y muchas épocas, la gente, para nada, seguía esa figura.

Los seres humanos anatómicamente modernos han existido por al menos 300,000 años. Y durante más del 90% de ese tiempo vivimos como cazadores-recolectores. Tras muchísimos estudios de comportamiento, los antropólogos han llamado a esos humanos "extremadamente igualitarios", y no hay razón para pensar que nuestros ancestros compartían todo menos las parejas sexuales. Es absurdo.

Claro que no podemos regresar en el tiempo y entrevistar a nuestros antepasados, pero tenemos los relatos de exploradores europeos que vieron y documentaron a estas sociedades antes de que fueran tocadas por forasteros. Y en esos relatos se muestran sorprendidos por la diferencia de las costumbres sexuales. Hay una famosa historia de un jesuita que vivió con los indios naskapi por un tiempo y les preguntó: "Si dejan que sus esposas tengan tanta libertad, "¿como saben que el niño que lleva es suyo?". Y registró la respuesta del indio: "Eso no tiene sentido. Los franceses solo aman a sus hijos biológicos, Nosotros amamos a todos los niños de la tribu", se trataba pues de una paternidad comunal entre los cazadores-recolectores.

Uno de esos grupos son los barí de Venezuela, donde cada hombre que se acuesta con una embarazada es considerado el padre del niño y ayuda a mantenerlo.

En nuestra sociedad, eso no funcionaría muy bien. Nada recomendable… pero en esa sociedad en particular, un niño que tiene varios padres, porque su mamá durmió con varios hombres, tiene una mayor oportunidad de llegar a ser adulto gracias a la contribución y ayuda de esos hombres, y eso a su vez asegura la supervivencia del grupo.

No debe sorprendernos que algunas culturas no sean monógamas, porque además, en el mundo animal, la monogamia sexual es algo desconocido.

Es más, la única criatura romántica en este planeta podría ser el Diplozoon paradoxum, una solitaria parasitaria que literalmente se fusiona a su compañero de por vida, y se acabó… ya no hay más monogamia en el mundo animal.

Pero resulta que los humanos no somos solitarias. De hecho, nuestros parientes más cercanos son los chimpancés y bonobos, y estamos más relacionados con ellos que los elefantes indios con los africanos. Somos muy parecidos en los huesos y la estructura muscular, y muy cercanos en la capacidad de responder a estímulos y resolver problemas.

Y vaya que lo sabrán quienes los hayan visto en un zoológico: los chimpancés y bonobos son todo menos monógamos. Los bonobos tienen sexo todo el tiempo. Lo hacen para decir "hola"" y "adiós", y cuando están estresados, cuando quieren jugar, antes de descansar… Ni las orgías romanas se parecen a las aventuras de nuestros parientes genéticos.

Para los bonobos femeninos y masculinos, esa filosofía de amor libre tiene un sentido evolutivo. Los machos esparcen su semilla, y las hembras reciben la semilla de varios machos, que luego compiten para fertilizar el óvulo: Es la supervivencia del espermatozoide más apto.

También hay aspectos de la anatomía del bonobo que parecen adaptarse a la promiscuidad, y curiosamente también se ven en los humanos, lo que sugiere que quizá evolucionamos para no ser monógamos.

Una de estas características es el dimorfismo corporal. En las especies más promiscuas, los machos suelen ser un 15 % a 20 % más grandes que las hembras.

Otra característica que compartimos es el tamaño de los testículos, la lucha para preñar a las hembras demanda testículos más grandes y fuertes, y resulta que los de los humanos se encuentran en un tamaño intermedio entre los testículos grandes de los bonobos y chimpancés, y los testículos pequeños de los gorilas.

Si estas coincidencias te parecen alarmantes, espera a conocer la diferencia cuando se trata de la forma del pene humano, que no sólo está empatado entre los más grandes de los primates, sino que además tiene una forma única que crea un vacío en el tracto reproductor femenino que extrae cualquier espermatozoide que ya esté ahí y lo aleja del óvulo, lo cual le da ventaja al esperma del hombre que está teniendo sexo en ese momento.

Las damas que escuchan este maravilloso podcast también tienen coincidencias con los primates, y la más llamativa y sonora -literalmente- es la vocalización copulatoria femenina, un fenómeno tan conocido y aceptado que es una característica de las escenas sexuales y una broma indispensable en Whatsapp. Más allá de las bromas, resulta que la vocalización copulatoria femenina es común entre los primates donde hay competencia de espermatozoides.

Parémosle un poco a los detalles anatómicos y regresemos a la base. Entre animales nos conocemos, diría mi abuelita después de escuchar esto, y efectivamente los humanos y los bonobos tienen sexo para conectarse. No solo para tener hijos. Y esa es una de las más grandes sorpresas en esto de compararnos con los primates: los humanos y bonobos son las únicas dos especies en el planeta que se miran durante el sexo, y que lo practican mucho más que otros mamíferos.

Así que siéntete libre de aclararle al presumido de la oficina que dice todos los lunes que el fin de semana hizo el amor como animal, pues se equivoca, porque en realidad es exactamente lo contrario.

Si no te basta toda esta evidencia científica, más te va a sorprender saber que el concepto de monogamia es increíblemente reciente.

Hace 12 000 años, cuando el humano dejó de ser cazador-recolector y descubrió cómo cultivar, también dio inicio una nueva preocupación: el derecho de propiedad.

Los griegos fueron los primeros en documentar esta inquietud al inmortalizar la frase "No quieres una semilla extranjera en tu tierra".

De forma inevitable, y por miles de años, las uniones entre ambos sexos sirvieron para el propósito específico de aumentar la fuerza laboral familiar, generar tratados de paz y fortalecer alianzas de negocios. El matrimonio fue inventado no para crear una relación entre una mujer y un hombre, sino un parentesco político, económico y militar. Un ejemplo famoso fueron Antonio y Cleopatra, porque no fue una historia de amor, sino dos personas que pertenecían a dos de los imperios más poderosos del mundo que trataban de estar juntos para gobernar ambos imperios.

La idea de casarse con alguien por amor, dice la investigadora Stephanie Coontz, apenas tiene poco más de 100 años en las sociedades occidentales, y cuando esto comenzó a popularizarse, mucha gente poderosa se asustó, porque entonces eso significaba que una alianza económica, política o militar podría no funcionar ante la posibilidad que uno de los contrayentes dijera que no se quería casar, o que se quería divorciar porque no amaba al otro.

Así que fue obligado inventar una necesidad apremiante, asustadora, fuerte, contundente y casi irresistible: los hombres y las mujeres necesitan hallar el amor para casarse porque son dos partes de un todo. Los hombres son agresivos y protegen, las mujeres crían y son recatadas. Son opuestos que se complementan.

El campo de la biología evolucionista de esa época sirvió también a este propósito, y fue desarrollada y liderada por científicos británicos -hombres todos- que usaron sus teorías de selección sexual para explicar, justificar e implementar los roles de género victorianos.

El que más influyó para consolidar este propósito fue Charles Darwin, que escribió en El origen de las Especies: "La mujer es distinta al hombre en disposición mental, principalmente por su gran ternura y menor egoísmo. El hombre se deleita con la competencia, y esto lleva a la ambición. Por lo tanto, el hombre se ha vuelto superior a la mujer". Hoy esta frase nos suena retrógrada, pero cuando se generó se volvió muy popular porque tenía sentido para las sociedades de ese tiempo.

Pero aún a pesar de que está comprobado que la monogamia es algo inventado, y que es una forma de reforzar los roles de género y el orden social, ¿cómo explicamos ese sentimiento visceral y profundamente arraigado que nos da cuando alguien amado se desvía?

No existe ninguna una sociedad en la que no haya celos sexuales, pero además de los impulsos sexuales también tenemos impulsos que nos hacen ser generosos, amables, agradables y solidarios, y coexisten y luchan dentro de nosotros mismos, definiendo lo que somos. Comprometer la estabilidad mental y hasta el sentido de nuestras vidas con el condicionante de la monogamia puede que sea una apuesta perdida, porque al final es definir todo por una idea, no por un sentimiento.

Además, en estos tiempos no ser monógamo ha ganado más atención.

Un estudio de 2016 halló que uno de cada cinco estadounidenses ha tenido una relación no monógama. Y en otra encuesta, un tercio dijo que su relación ideal sería no monógama. La monogamia como la conocemos ha pasado por muchas encarnaciones.

Ha sido forzada. Ha sido útil. Ha sido hermosa. Ha sido trastocada.

Así como la sociedad humana evoluciona, también la sexualidad humana cambia y se transforma. Por primera vez en la historia tratamos de desarrollar relaciones que no se basan en la coerción que actúa en contra de la mujer por su dependencia económica, legal, y por su cuerpo, o en contra del hombre por las estructuras sociales y económicas. Hoy estamos tratando de encontrar un nuevo balance.

Y hay que decirlo muy claro. NO ESTAMOS EN CONTRA DE LA MONOGAMIA, pero si estamos en contra de que se imponga a quienes no la quieren. Por ser una idea y una elección, la monogamia debe ser considerada como el vegetarianismo. Puedes elegir ser vegetariano y eso puede ser saludable, ético y es una decisión maravillosa, pero tienes que vivir con el hecho irremediable de que aunque elijas ser vegetariano, eso no significa que el tocino deje de oler delicioso.

Puesto que la monogamia no es natural, y por ser algo que queremos de manera libre y sin presiones, es algo por lo cual debemos trabajar duro, y puede que en el camino fallemos, como en todo lo que deseamos, pero si estamos dispuestos a alcanzar el grado de compenetración, amistad y solidaridad con quien hemos elegido LIBREMENTE ese camino, será algo que cada vez será más fácil lograr a fuerza de vivir con él. Si hay algo que nos define como seres humanos es precisamente nuestra increíble capacidad de hacer cosas que no son naturales.

Si tenemos suerte en ese camino, no se tratará de qué tipo de relaciones debemos tener en el mundo moderno, sino de diseñar el tipo de relaciones que queremos tener.

Los humanos quizá no hemos evolucionado para ser monógamos sexualmente, pero evolucionamos para ser maravillosamente adaptables.

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